Una reciente versión de “Wuthering Heights” vuelve a generar controversia al privilegiar la estética, la sensualidad y la evocación cinematográfica por sobre la lealtad al texto literario. La propuesta de Emerald Fennell no pretende replicar la novela de Emily Brontë, sino entablar un diálogo con décadas de tradición fílmica. El resultado se convierte en una pieza que provoca tanto admiración como desconcierto a partes iguales.
Desde su anuncio oficial, la versión más reciente de “Wuthering Heights” bajo la dirección de Emerald Fennell ha suscitado un vivo intercambio cultural. No se presenta solo como otra adaptación de la famosa novela de Emily Brontë, sino como una declaración sobre la manera en que el cine actual puede reinterpretar un clásico sin someterse a una fidelidad rígida. En lugar de perseguir una recreación académica de los páramos ingleses o del drama victoriano, la cineasta británica apuesta por una propuesta estilizada, sensorial y marcada por una fuerte autoconciencia.
La película, estrenada bajo el título entrecomillado de “Wuthering Heights”, introduce desde su promoción una pista clara: no aspira a ser la adaptación definitiva, sino una versión posible entre muchas. Esa elección gráfica, aparentemente menor, funciona como un gesto programático. Las comillas evocan una tradición visual del Hollywood de mediados del siglo XX, cuando los títulos aparecían destacados en los tráilers como recurso tipográfico distintivo. Al recuperar ese estilo, Fennell sugiere que su película dialoga más con la historia del cine que con el texto publicado en 1847.
En el plano narrativo, la directora opta por una decisión que ya había marcado varias adaptaciones previas: centrarse exclusivamente en la primera parte de la novela. Con ello, la narración se detiene antes de que el romance evolucione hacia una exploración más amplia del rencor, la carga afectiva y el trauma transmitido entre generaciones. Esta apuesta disminuye la complejidad formal del libro, suprime figuras secundarias y ordena la secuencia temporal. No obstante, también potencia la intensidad erótica y corporal del vínculo entre Catherine y Heathcliff, resaltando el anhelo, la fijación y el impulso físico por encima del análisis interior.
Esa apuesta estética se manifiesta en una puesta en escena dominada por una saturación de estímulos sensoriales, donde la cámara se recrea en texturas, fluidos, superficies brillantes y matices táctiles que configuran una vivencia más corporal que reflexiva, mientras la lluvia, el barro y los objetos comunes asumen un peso casi simbólico sin llegar a desprenderse de lo superficial; para algunos espectadores, esta elección supone una ruptura con el espíritu de Brontë, mientras que para otros funciona como una reinterpretación atrevida que traslada la fuerza romántica al lenguaje visual actual.
El diálogo con el pasado cinematográfico se vuelve aún más notorio al contrastar las referencias de Fennell con la emblemática adaptación de 1939 realizada por William Wyler; aquella versión clásica, con Merle Oberon como protagonista, fijó una visión romántica y pulida del relato que con el paso del tiempo llegó a influir en el imaginario popular tanto como la propia novela original, y la nueva película parece reconocer que ese antecedente constituye una parte inseparable de la tradición de “Wuthering Heights”.
La protagonista Catherine, interpretada esta vez por Margot Robbie, representa una combinación renovada de tributo y reinterpretación. El vestuario diseñado por Jacqueline Durran destaca como uno de los aspectos más comentados de la película. Robbie despliega numerosos conjuntos que remiten al glamour desbordado del Hollywood clásico, alejándose de la austeridad propia del siglo XVIII rural. Tul, terciopelo, pieles y abundantes joyas convierten a Cathy en una figura casi mítica, más vinculada al star system que a una recreación estrictamente histórica.
La inspiración visual no se reduce únicamente a la reinterpretación de Wyler; durante la etapa de preparación del rodaje, Fennell proporcionó a su equipo un extenso conjunto de referencias que abarcaba imágenes de Scarlett O’Hara en Gone with the Wind y la estética fantástica de Donkey Skin. Estas influencias dejan ver una intención evidente: dar forma a un universo visual que no busque reproducir con precisión la historia, sino transmitir una verdad emocional guiada por el propio lenguaje del cine.
En declaraciones públicas realizadas en el Victoria and Albert Museum de Londres, la directora ha insistido en que el vestuario no pretende reproducir una época concreta, sino expresar estados internos. La diseñadora Durran ha descrito el proceso como intuitivo y emocional, más que documental. Esta postura desafía la expectativa habitual que rodea a los dramas de época, donde la fidelidad a los detalles históricos suele considerarse un indicador de calidad.
La reacción crítica no ha sido unánime. Parte de la prensa ha cuestionado la reducción de la trama y el énfasis en la sexualidad explícita, interpretando estas decisiones como un intento de provocar o modernizar a cualquier costo. Otros análisis, en cambio, han señalado que cada generación reescribe los clásicos según sus propias obsesiones culturales. En 1939, el propio The New York Times publicó una reseña firmada por Frank S. Nugent que defendía las libertades creativas de Wyler, argumentando que el filme había sabido concentrarse en el núcleo emocional del relato.
El paralelo histórico se vuelve casi ineludible. Mientras la versión de 1939 fue señalada en su época por atenuar o esquematizar la novela, la de 2026 recibe objeciones inversas: se le acusa de haber acentuado lo carnal y de haber limitado la dimensión moral y social. Aun así, ambas coinciden en un mismo propósito: reformular el texto para adaptarlo a los códigos estéticos de su propia era. En esa línea, Fennell parece asumir que toda adaptación conlleva una postura definida, una lectura parcial que realza ciertos elementos y deja otros en segundo plano.
Más allá de discutir sobre la fidelidad, la película puede leerse como una meditación acerca del propio proceso de adaptación. Al optar por referencias del cine en vez de la literatura, la directora inscribe su propuesta dentro de una tradición esencialmente visual. La cuestión que atraviesa el proyecto no gira en torno a si se ha conservado cada matiz de Brontë, sino en cómo se resignifica hoy filmar un relato repetido infinidad de veces. En vez de rivalizar con el texto inicial, la película dialoga y mide fuerzas con quienes la precedieron en la pantalla.
La estrategia comercial también forma parte del fenómeno. Distribuida por Warner Bros. Pictures, la producción se inserta en un mercado global donde los clásicos literarios continúan siendo una apuesta segura, siempre que se presenten con un giro distintivo. La polémica inicial, alimentada por el tráiler y las redes sociales, ha contribuido a posicionar la película como un evento cultural, más allá de su calidad artística.
Al final, la versión de Fennell no intenta acercar a los puristas ni conquistar al público ocasional; más bien parece empeñada en generar una vivencia sensorial potente, aun si eso implica que algunos la perciban como ligera. El brillo de la superficie, esa capa húmeda por la que se deslizan las imágenes, actúa como metáfora de una apuesta que privilegia el golpe visual inmediato por encima de una mayor complejidad narrativa.
Queda por ver si con el paso del tiempo esta adaptación terminará consolidándose como una reinterpretación significativa o quedará simplemente como una rareza estilística. Lo cierto es que, al igual que sucedió en su día con la película de Wyler, el debate en torno a “Wuthering Heights” va más allá de la comparación con la obra original. En esencia, se abre una conversación más amplia sobre la forma en que el cine transforma la literatura y sobre lo que el público actual espera de un clásico.
Al elegir centrarse en el Hollywood de mediados del siglo XX en vez del siglo XIX, Emerald Fennell deja ver con claridad su postura: la historia de Catherine y Heathcliff no se presenta como un monumento sagrado, sino como un material flexible. Para algunos, esa libertad creativa arroja una luz renovada sobre el relato; para otros, lo convierte en un destello vistoso pero con escasa profundidad. Como suele suceder con las obras que provocan opiniones encontradas, el juicio definitivo quedará en manos de la memoria colectiva y de la capacidad del filme para continuar alimentando la conversación después de su estreno.